yellow bird
amari

Gentileza Ana Bonilla.

Hace aproximadamente cuatro años nuestra hija menor nos presentó un breve ensayo para justificar la idea de tener un pajarito en casa.

Vivíamos días difíciles, amargos. Mi adorada cuñada padecía agónicamente en el hospital. En esos momentos de incertidumbre decidí que si la vida era tan breve habría que llenarla de alegrías. Mi pequeña, quien estaba por cumplir quince años, se apasionaba tanto con la idea de tener una mascota alada en vez de cualquier otro capricho adolescente. Sentí que debíamos concederle el deseo.

No tenía idea del proceso para adquirirlo y tampoco me quise involucrar, pues desde un principio quedamos que todo lo relacionado con el pájaro sería su responsabilidad.

Adquirir un pajarito de forma ordenada y legal implica cierto trámite.

Hay que ir a ver el huevo antes de que nazca, escogerlo a ojo cerrado, asistir a concocerlo días después del nacimiento y crear el compromiso de visitarlo regularmente hasta que esté lo suficientemente maduro para dejar el nido materno y convertirse en mascota.

Todo el proceso que mi hija disfrutaba y atesoraba, a mí me llenaba de dudas y pánico. Un ave esta hecha para volar, no para vivir en una jaula.

Pero el destino de aquella criatura estaba dictado, si no era en nuestra casa, sería en alguna otra. Estaba destinado a ser doméstico.

Meses después llegó el pájaro a nuestro hogar. Tras largo debate familiar, el nombre sugerido por mi madre fue el ganador. Amari, porque es amarillo y porque pertenece a Mari.

Llegó a vivir en una jaula gigantesca, para él y para las dimensiones de mi casa, que orgullosamente le regaló el padrino de la niña. Mi siempre generoso hermano.

Sutilmente la familia se iba involucrando con el nuevo miembro amarillo.

Mari se dedicó a cuidarlo y a seguir religiosamente las instrucciones para criarlo. La adopción del pajarito no se limitaba a firmar papeles y traerlo a casa. Había que llevarlo a visitas mensuales para comprobar que estaba creciendo sanamente en un hogar feliz.

Finalmente se nos cedió la adopción, Amari era legalmente parte de nuestra familia, aunque había ganado el corazón de mi pequeña meses antes.

No quisimos cortarle las alas, nos parecía una mutilación innecesaria. Amari aprendió a volar por la casa y a descansar en nuestra cabeza, nuestros hombros, nuestras mesas y nuestro corazón.

Al principio su presencia volando por la casa fue de gran impacto para mí. Se me erizaba la piel al contacto de sus patas con el cuerpo. Me petrificaba y llamaba a gritos a María para que me lo quitara de encima.

Poco a poco me fui acostumbrando y sucedió lo inesperado, aprendí a quererlo, a comunicarme con él, o ella. A ciencia cierta no sabemos si Amari es macho o hembra, tampoco nos importa. Con amigos y familiares hicimos experimentos sugeridos por videos de redes sociales para adivinar el sexo y al final quedamos convencidos de que no lo sabríamos hasta llevarlo con un especialista. Lo cual hasta hora no hemos hecho.

Hace menos de un mes, mi pequeña partió a la universidad. Hay un dolor real que se acumula en el alma y se vuelve hasta físico cuando el nido ha quedado vacío.

Nuestros hijos han seguido sus sueños y han construido los cimientos de su vida adulta, libre, independiente. Sin embargo los padres, nos hemos quedado atónitos sin comprender,  como también a nosotros al igual que a los viejos, la vida se nos fue de prisa. De repente nos convertimos en los padres del protagonista de la peli.

Amari extrañaba, tanto como yo, la guitarra de María, sus cariños, su compañía.

En el breve tiempo de la ausencia de mi hija, me acerque al pajarito de una forma especial, las dos echamos de menos a esa mujercita callada y alegre que nos llena la vida de música y cariños.

Sin importar el numero de personas que coman en casa, seguimos teniendo la mala costumbre de ir a diario al supermercado. En estos días sin hijos, se nos han incrementado los placeres culinarios.

El domingo hacía falta cilantro, así que me lancé una vez más a la tienda para conseguirlo.

Al depositar la compra en la mesa percibí terror en el rostro de mi esposo al ver que Amari, que tomaba plácidamente el sol dentro de su lujosa jaula había escapado por el orificio que contiene la vasija con agua, que por descuido se había dejado sin asegurar.

Ahi empezó la busca más frenética que hemos tenido.  Entre árboles, por jardines,  dentro de patios ajenos, debajo de coches, arriba de casas. Mi hijo, mis amigas, los vecinos, mi esposo, la prima y yo, recorrimos la isla impregnada de vida alada tratando de distinguir entre los cantos de cientos de pájaros la inconfundible voz de Amari.

Buscamos sin cansancio. Me cuestionaba qué pasaría si lo encontraba en la cima de un árbol, como haría para que volara hacia mí.

Nerviosa consulté el ordenador: “Se escapó mi pajarito”. Leí diversos consejos, comprendiendo que el regreso del ave era prácticamente imposible. Que al no haber volado nunca sobre nuestra casa no la reconocería, que no había entrenado el vuelo en descenso desde la altura y que sería impensable que lo aprendiera a su edad. Todo indicaba que se había ido para siempre.

De cualquier forma seguí los consejos de publicar su foto e incluir a la comunidad para que se involucrara en la búsqueda imposible de un ave que tenía el cielo como límite.

Llegó el temido momento de dar la noticia a María que tenía las pestañas metidas en alguna tarea universitaria y no se esperaba la desgracia.

Los dolores siempre duelen más cuando los padecen los hijos.

Familiares y amigos nos llenaron con mensajes de cariño y esperanza. Misma que yo había perdido por completo. El cielo empezó a estremecer con los relámpagos que anunciaban las densas lluvias de verano y ahí se me rompió el corazón.

Esa noche lloré sin dormir. La mañana se presentó despreocupada con su paz y su sol sin considerar la noche amarga que vivía mi corazón. Todo se veía igual, pero se sentía diferente. Olía a esa agria y cruel desazón donde la razón y el corazón se encuentran en discordia.

Experimenté un dolor nuevo que me iba envolviendo  como hiedra: inestabilidad, pérdida, esperanza flaca y pesado duelo. Todo junto, todo amontonado, todo absurdo, pero real.

Era el día del trabajo, así que no había actividad laboral lo cual era apropiado para dejar que el corazón se apoderara sin distracción de la tragedia. Muchos mensajes, pocas probabilidades, una jaula abierta en el jardín  con agua y comida, vacía.

Otra noche de tormenta, otra noche de sueños pesados y falsos encuentros alados. Perdí la fe, no me atrevía a suplicar por el regreso de Amari cuando el mundo está envuelto en apocalípticas tragedias. Era tan absurdo como inútil.

Ese día me convencí de que Amari había conocido finalmente el mundo que le correspondía, desde la perspectiva que le correspondía. Al vuelo, disfrutado por alguna tiempo indefinido la vida libre antes de morir devorado por alguno de los cientos de depredadores que lo acecharían.

Empezaba a cultivar esa tristeza nueva que no sabía cómo iba a manejar.

Al día siguiente me distrajo el trabajo, ansiando resignación.

Mi novio se ha hecho la costumbre de jugar al golf los días martes. Dudaba ir puesto que el día anterior había ido a jugar con nuestro hijo.

Pero el capricho masculino por el deporte de los palos, los hoyos y las bolas lo impulsó al campo de golf.

Entiendo que uno de los beneficios del juego consiste en olvidar las penas entre bromas y sarcasmos. No hace falta ser muy creativo para imaginarse los chistes que involucran los descuidos que hacen que se pierda un pájaro. En eso estaban los señores, que entre pasos y golpes intentaban, con fingida ciencia, obtener los puntos para mejorar su juego. Amari para ellos era perfecto objeto de broma.

Casualmente Joel, que les provee de líquidos, para que no desfallezcan bajo los intensos rayos del sol, escuchó la plática del pajarito. Comentó que esa misma mañana alguien había encontrado una criatura similar en el campo de golf.

Los señores, que se manejan de formas misteriosas aunque eficientes, se pusieron en acción: mientras uno ofrecía recompensa, otro enseñaba fotos y Joel apuró a llamar al verdadero héroe de esta historia: Dago Alberto.

Minutos después mi incrédulo novio estaba en la casa de esta amorosa familia que con ternura había rescatado al confundido animal.

Lavando tomates e hirviendo flor de  jamaica alrededor de las siete de la tarde, escuché la pregunta ansiosa al otro lado del teléfono:" ¿Qué número tiene la placa de Amari en la pata?"

Enmudecí incrédula, como si me hubieran pedido que describiera una formula científica.

Ante el silencio, preguntó si tenía algún papel de la adopción del animal. Palidecí recordando que nunca quise involucrarme en los trámites del alado amarillo. Afortunadamente atesoro pensamientos escritos. Recordé el ensayo que años atrás había escrito la niña para convencernos de adoptar al pajarito, me lancé al archivo. Ahi, junto a esas valiosas frases  estaban también los escasos documentos de Amari, entre ellos los datos del identificador de metal que como preso lleva en la pata.

Ansiosa esperaba la llegada de ese bodoque plumífero a quien amaba más de lo que jamás había admitido.

Después de dos días con sus noches en una caja de cartón con perforaciones que hacían las veces de una jaula, lo reconocí al instante, no pude expresar mi desbordada emoción ante el justificado escepticismo masculino. “Hay que cerciorarnos primero”

Nos tomó muchos minutos y decenas de fotografías para descifrar el grabado del brazalete.

Finalmente pudimos constatar lo que el corazón me confirmaba en vuelco de latidos.

Amari estaba en casa, el número del registro coincidía con el número del aro metálico. Llegó hambriento, sediento y exhausto. Colmándome de un alivio improbable y deseado que se llevó de golpe mi tristeza. Fue un martes de lagrimas extremas, de desolación y pena por la mañana y de  agradecimiento y alegría por la noche. María paso mas de una hora en video llamada con su angel amarillo.

Este día Dios me dio un regalo y una gran lección.

Nuestro más profundo y sincero agradecimiento a Dago Alberto quien impulsado por su calidad humana y gran corazón rescató del campo de golf a Amari, lo acogió con cariño en su casa y nos lo entregó sin querer aceptar remuneración. Gracias también a los que consciente o inconscientemente estuvieron involucrados en los eslabones de este milagro.

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* Ana Bonilla es una escritora residente en Key Biscayne. Su libro El Espejo en que me vi se consigue en Amazon.

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