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Por Ana Gonzalez

Se dice que uno cosecha lo que siembra, cierto es también que muchas veces

cosechamos lo que alguien más sembró. Si tenemos la humildad de reconocerlo y la

fortuna de conocer al sembrador podremos agradecer esa cosecha obsequiada. Quizá

también nos sintamos inspirados para continuar la siembra sin importar si los

beneficiados somos nosotros mismos, los nuestros o desconocidos.

Las flores son uno de los regalos más bondadosos de la naturaleza para los seres

humanos. Su color, su forma, su fragancia son sutilezas que pueden aliviar penas,

crear ilusiones, mover algo dentro inexplicable pero placentero.

La bugambilia ha sido una flor que me ha acompañado desde la infancia, florece en

cualquier parte, crece sin mucho cuidado, en grandes cantidades y variados colores.

La que es de tonalidad fucsia o rosa mexicano, es mi favorita. Por la fuerza de su

matiz, la ligereza del su vuelo al desprenderse y por ese delicado crujido al secarse ya

muerta en el piso.

Hace muchos años, honestamente no logro recordar cuantos, al lado de mi casa vivía

un conocido corredor autos. Su profesión lo mantenía mucho tiempo alejado de su

hogar pero contaba con un ayudante, señor muy amable y servicial que le cuidaba la

casa para mantenerla en orden. Este hombre tenía ademas una fascinación por las

plantas y una mano envidiable para sembrarlas y cuidarlas que se reflejaba en la

belleza de sus plantas. Las orquídeas tan frágiles exponían orgullosas su flores

delicadas. Todo el jardín era una belleza. Verlo trabajar en él con entusiasmo, sonrisa y

esa mirada que solo tienen los que aman lo que hacen me llenaba de admiración y de

cierta envidia pues mi talento para el jardín es ínfimo.

La calle en la que están ambas propiedades tiene a lo largo sembrados algunos

árboles que pertenecen a la via pública. Un árbol al frente de cada casa para

embellecer la calle plagada de cemento.

Suelo pasar las mañanas en el jardín frente a mi casa, por ello conocí y conviví con

aquel cuidador de quien quisiera recordar el nombre y simplemente no lo consigo.

Recuerdo sí, que era de origen brasileño, sonrisa fácil y alegre. Platicábamos cada uno

en su idioma dejando a la imaginación lo que no podíamos entender. Después de todo

aunque nuestros idiomas son muy similares igualmente pueden ser muy confusos para

el otro.

Era generoso en su trabajo, intentaba ayudarme en el mantenimiento de mi pobre

jardín del cual solo florecía autosuficiente la bugambilia. Tenía esa relación intima con

las flores que existe entre las personas que parecen entender el idioma de las plantas.

Les hablaba, les cantaba y las cuidaban como lo que son: seres con vida.

Una mañana lo encontré sembrando una planta de bugambilia al costado del árbol

publico frente a la casa del corredor de autos. Me pareció que era algo extraño porque

el espacio para ambas plantas era muy reducido.

Por varias semanas cuido de la planta que de a poco empezó a enredarse en el árbol

como si quisiera abrazarlo.

La planta no era muy grande cuando la familia de la casa vecina se mudó, pero estaba

ya bien afianzada al árbol público.

No supe mas de él, la casa se vendió llegaron nuevos vecinos y dicho sea con toda

honestidad el jardín empezó a perder la opulencia de los años anteriores hasta quedar

limitado al típico jardín cuidado por personas que, como yo, no conocen el lenguaje de

las plantas.

Todo menos la bugambilia que creció como si estuviera eternamente enamorada del

árbol publico abrazada a su tronco comprometida desde la raíz. Un romance de esos

que dan envidia por lo colorido y floreado.

No miento al confesar que lo admiro todas las mañanas, me hace sonreír y me roba

una lágrima si me encuentro nostálgica. Es una hermosura.

Parece imposible pensar que ese árbol sea igual a los demás de la calle. La bugambilia

le da una belleza tal, que los peatones y los deportistas que pasan por aquí hacen una

pausa para tomarle alguna fotografía o simplemente admirarlo.

Muchas veces, las visitas que recibo me han preguntado qué tipo de bugambilia es, y

porqué no hago yo lo mismo con el árbol frente a mi casa. Yo sonrío tímida. Si me

encuentro con ánimo cuento la historia del jardinero brasileño.

Siempre, agradezco la fortuna de poder cosechar ese sentimiento indescriptible que

produce la beldad en algo que no sembré.

No sé si aquel noble hombre ha vuelto por aquí, estoy segura que donde se encuentre

seguirá utilizando su talento para embellecer el mundo, regalando a los que quieran

observar la magia que produce los colores y los aromas de las flores.

Me pregunto si sabrá el regalo que nos dejó, me pregunto si yo he dejado algo similar

a mi paso.

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